Tres pasos – Un relato de Tomás Gago Blanco

Tres pasos – Un relato de Tomás Gago Blanco

Overview

Tres pasos [Relato]

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Tres pasos

Una niña camina por el parque. Dos, tal vez tres años. Parece que algo llama su atención y ladea la cabeza sin dejar de caminar. Se acerca a un banco donde su madre fija con atención la mirada en el teléfono móvil, tiene las piernas recogidas y los pies sobre los tablones del asiento. La niña dice algo, la madre no se mueve; la niña bebe agua de una botella de vidrio y la arroja al suelo. Desde mi ventana no puedo oír el golpe del cristal contra la tierra, ni captar si la madre reprende a la niña por su gesto; después, la niña rodea el banco donde su mamá está inmóvil con el teléfono entre las manos y, recoge la botella para depositarla con suavidad al lado de su madre.

Estoy lejos para ver sus ojos azules, y sus dedos frágiles y sucios, y demasiado cerca para ver mi cuerpo. Tal vez no tengo cuerpo. A mi lado, en un montón impreciso, presiento un cúmulo de músculos y huesos abandonados con un recubrimiento casi transparente.

Luego, la niña camina hacia los columpios, primero despacio, después comienza a correr para entrar cuidadosa por la puerta pintada de colores. Tiene unas piernas menudas y unas rodillas que sobresalen como algo artificial, parecen protuberancias dolorosas que le impedirán columpiarse. No es así, sube y baja del tobogán y se columpia, y yo, desde aquí, presiento su sonrisa hacia el azul del cielo y de la luz.

Los columpios y otros juegos están rodeados de una valla de madera multicolor. Ahora los niños juegan encerrados en espacios que los perros y sus dueños respetan. Recuerdo cuando los niños eran los dueños de todos los espacios y los perros tenían sus lugares de recreo. ¡Aquello se acabó! Hace mucho tiempo. Todos lo han aceptado como algo natural. Los perros han ganado otra batalla. Después de todo, un perro obedece a su dueño, y se somete a su voluntad. Es más cómodo un perro que cualquier niño.

La niña vuelve junto a su mamá que ha bajado los pies del banco y continúa con su móvil. La niña se sienta junto a su madre y balancea las piernas sin rozar el suelo. La mira con descaro, pero la madre no se ofende, la niña tiene todo el parque para jugar ahora que no hay perros a la vista. Tiene todo el parque para ella porque está sola. Con su mamá.

Sola.

Continúo sin moverme. Sé que parezco una sombra tras los cristales, que mi sitio está en otro lugar, donde la quietud solo la rompa el viento. Mi cuerpo ya no me pertenece, ni mi voluntad, ni mi mente. No sé por qué observo y anoto cosas que desconozco, por qué soy, sin ser. Ni los árboles ni yo sabemos medir el tiempo, pero mis ojos, secos en sus cuencas, detectan los movimientos; o tal vez solo imaginan lo que pudo ser, lo que sin duda es y será por mucho tiempo.

Al pasar corriendo, la joven mira el banco solitario donde se sentaba con su mamá. No recuerda a qué jugaba, pero no olvida aquel banco que el paso del tiempo ha cambiado de aspecto ni el cuadrado con listones de colores donde están vacíos los columpios, los caballitos que se balancean, y otros juegos infantiles. Todo queda a su izquierda, allí donde siempre estuvo, donde jugaba solitaria, aunque ahora lo vea diminuto y despintado. Sus piernas perfectas han adaptado las rodillas a su cuerpo. Son dos extremidades autónomas que empujan su voluntad hacia el futuro.

Ya no necesita a su mamá. Por eso, no la acompaña cuando viene al parque a caminar, a correr, o con sus amigas. La mamá está tranquila en casa y ella está más tranquila sin su vigilancia.

Ayer vino con un amigo y se besaron. Ha sido su primer beso. Le gustaría contárselo a su mamá, pero, está ocupada con sus amigas y no le gusta que la interrumpan. No recuerda el día que su mamá decidió olvidarse de su voz, de su sonrisa, de las palabras. Ahora se sobresalta cuando la oye protestar porque los geranios tienen olores diversos, o porque las hormigas pastorean rebaños de pulgones.

Yo espero mientras recorres la parte más alejada del parque, esos rincones donde no alcanzan mis ojos ni mis pensamientos, y gozo tu regreso cada vez que pasas frente a mí, con una juventud que fue suspiro en mi vida. No sabes que tus zancadas quedan cortas para huir del tiempo, de la luz y de la oscuridad. Somos muchos los que acabamos olvidados. Todos perdemos ese duelo personal que libramos sin saberlo.

Allá arriba están los aparatos de gimnasia que el parque pone a disposición de quien lo desee. Pueden verse entre las ramas de los árboles. Allí se reúnen jóvenes atletas, fornidos adolescentes que se hormonan y viejos mirones que simulan ejercitarse mientras observan.

Ella necesita el ejercicio físico para sentirse bien. Advierto en su rostro que la madre acepta esa manía suya de correr porque así la deja en paz. La mirada generosa de la niña, ahora mujer, es un libro abierto para los que, por alguna razón desconocida, a veces, caminamos sobre el viento. Una nube de ceniza gris claro.

Su madre, sale con las amigas. A su padre no lo conoce. Espera que algún día su madre le hable de su padre. Le gustaría saber tantas cosas de él… Aunque no sean agradables. ¡Una hija tiene derecho a conocer quién es su padre!

Si pudiera, si mi cuerpo estuviera sujeto a la vida como la enredadera que se agarra tenaz al árbol que crece junto a ella, la acompañaría en su paseo, correría a su lado para sentir su juventud, para que mi certeza fuera definitiva, para percibir por qué esta ventana me inmoviliza y oscurece todo lo que rebasa sus límites.

Aquella señora, esa anciana que toma el sol, recuerda la niña que fue hace mucho tiempo. Despreocupada, mira hacia el edificio que bordea el parque. Sin saber el motivo fija su vista en una vieja ventana en la que se aprecia una sombra. ¡No sabía que los recuerdos daban sombra! Yo, que no tengo tiempo ni espacio, he dejado un rastro oscuro en los cristales.

Hay algo extraño en la manía de las personas. Ella, siempre mira esa ventana que ha ido envejeciendo con sus años; parece que alguien, una imagen familiar, la comprende, la anima y la acompaña cada vez que pasea. Está sola, como estuvo su madre muchos años antes, como estuvo ella cuando jugaba bajo los árboles.

¡La falta una hija!

Le agradaría tener una hija para jugar con ella, para escucharla, para columpiarse a su lado. Y odia el teléfono que con diversos sonidos reclama su atención. Ya es demasiado tarde. Pasó la edad de los hijos, ahora es la edad de los ancianos, de los caminos polvorientos y de la soledad.

Quisiera poder levantar una mano de este cuerpo mío, ahora reseco, informe, que observa algo inconcreto en su abandono definitivo junto a la ventana. Me gustaría saludar a todos aquellos que puedan imaginar una sonrisa hueca, a los que sueñan; a esa mujer, para que sepa que nunca ha estado sola.

Esa mujer, después, se sienta en el banco de siempre, ese que muestra huellas de mordiscos en la madera y pintadas antiguas, lejos del sitio donde el departamento de jardines ha colocado bancos nuevos que sustituyen a los que se rompieron o se llevaron los gamberros. Piensa con dolor en aquel banco tan viejo, como ella, que, muy pronto, será retirado para siempre. Todo lo viejo se desprecia. Ella se ve joven; siente que la lucidez de su mente le da derecho a vivir mientras sea capaz de razonar y de querer. Buscará a alguien a quien querer, tal vez un perro…

Me gustaría acercarme a ese banco en el que la mujer espera solitaria mientras oye el silencio de su madre que la abandonó hace tiempo. Quisiera estar a su lado como un rastro de tinta, como una mancha indeleble. Pero no puedo moverme, ¡tal vez solo soy una proyección de sus sentimientos!

Y si no estoy muerto, debería estarlo, porque, cuando era una niña, yo ya la miraba desde mi ventana y sabía que algún día sería una viejecita soñadora y pensativa, añorante del tiempo pasado por la velocidad de los días. Con años sobre su espalda que curva el paso del tiempo, un peso que la vida coloca de manera imperceptible sobre los hombros, hasta el límite de nuestro aguante, hasta el final de nuestros días.

Cuando esa mujer no pueda pasear por el parque, ¿qué será de mí? Ahora que mi existencia está ligada a la suya, que nuestras vidas han coincidido por un instante, que nuestro instante ha sido un momento hermoso por la compañía que nos hemos procurado, que vivo en ella porque ella ha querido vivir en mí. Cuando solo pueda asomarse a la ventana desde un lugar desconocido, en esos momentos previos al final:

 ¡Qué será de nosotros!

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Tomás Gago Blanco

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